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Cyberateos

DIOS EN LA CÁRCEL

Por César Hildebrandt*

Fuente: http://recorta.com/41f837


Los agnósticos sentimos la culpa eterna de dudar de la existencia de Dios, pero tengo la sospecha de que esas dudas se disiparían si fuéramos a dar a una prisión o si un tumor maligno nos anunciara la cercanía de la Parca.

Eso es lo que pasa, casi invariablemente, con las damitas internadas, por lo general de manera injusta, en el penal de mujeres de Santa Mónica.

O sea que están en lo suyo -tragándose cápsulas con cocaína para convertirse en bodegas aéreas de tacón alto, por ejemplo- cuando les cae el perro mágico de Aduanas y la policía y, si no tienen plata para hacerle un faenón a algún juez, la cárcel. Y cuando están en la cárcel, ¡Dios! Se les aparece el Dios descalzo de la urgencia y las convierte en Marías y las indulta sin faenarlas y las limpia sin siquiera tocarlas.

Siempre me ha maravillado que Dios sea de inmediato invocado por quienes cruzan el umbral de una cárcel, el pabellón de diagnósticos de Neoplásicas, o la sombra de cualquier fatalidad.

Jackie Beltrán adquirió un perfil de Santa Bárbara. Lady Bardales levitó tres veces. Malú Costa se hizo oblea del Señor. Y ahora dicen que Magaly Medina, que era la favorita de Satán, se cubre la cabeza y asiste a la misa de todos los días.

¿Es que la normalidad es atea y la desdicha es creyente? ¿Es que la felicidad no recuerda a Dios? ¿Es que a Dios le encanta reinar entre escombreras? ¿O es que la soberbia del hombre rechaza a Dios pero la desgracia devuelve al hombre a su ínfima vulnerabilidad y allí es cuando Dios se aparece, más grande y poderoso que nunca?

Son preguntas que sólo un especialista en Dios puede responder. De mí pueden decirse muchas cosas pero no que Dios es mi especialidad.

A mí sólo me asombra el oportunismo de los creyentes que viven una emergencia y el pragmatismo de Dios para aceptarlos.

Porque no me cabe duda de que la reclusa vuelta devota al tiro llama a Dios no porque haya sentido el vértigo de la revelación sino porque lo que quiere es el milagro de la liberación. Y el negocio divino –si tanta irreverencia me es permitida- consiste en recibir la solicitud y esperar. Si la liberación precoz se produce, habrá sido un milagro. Y si no se produce, pues entonces la interna autogenerará la explicación: su arrepentimiento no fue sincero (realidad absoluta en la mayoría de los casos).

Admiro, en el fondo, a quienes frecuentan a Dios y aun comercian con su reino desde la normalidad. Es gente que tiene desarrollada la glándula del misticismo (por descubrirse) y copiosa la secreción del narcisismo original (porque no hay nada más vanidoso que creerse hijo de Dios, hecho a su imagen y semejanza para más detalles: ¿se imaginan a Dios diciéndole a Bush "!hijo mío!").

Pero eso de estar feliz de la vida haciendo todo el mal que se pueda para luego, ante el primer volteo de la tortilla, ser llamada por el Señor para integrar su rebaño es como decir que la religión es un placebo y Dios una maravilla curativa y los milagros unas ocurrencias que se pueden programar. Y lo mismo para los que esperan que un tumor los conduzca a la presencia del Supremo Hacedor (incoherencia relativa porque, si existiera un Supremo Hacedor, a él, entonces, podría atribuírsele también la autoría indiferente del tumor, con lo que no se le estaría pidiendo un milagro sino una rectificación, cosa imposible dada su infalibilidad).

Convertirse a la cristiandad en la cárcel y en los hospitales es como rezarle a un santoral de botiquín integrado por el Señor del Candado, la Patrona del Indulto, la Beatita de la Quimio, el Santo del Sarcoma y la Santísima Virgen del Hábeas Corpus (que es la más poderosa, según Apoyo).

* César Hildebrandt es uno de los mejores periodistas del Perú.
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