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LA CONFIRMACIÓN

http://peru21.pe/impresa/noticia/confirmacion/2009-09-21/256816

 

Autor: Jaime Bayly

 

Está confirmado: mi hija va a confirmarse.
Está igualmente confirmado: a pedido suyo, no asistiré a su confirmación.
Debe entenderse que la confirmación de mi hija, junto a la de sus amigas del colegio, constituye una ceremonia religiosa en la que ella confirma su fe en las creencias, dogmas y supersticiones de la Iglesia Católica.

Debe suponerse que una persona solo puede confirmar unas creencias si antes creía en ellas. El acto de confirmarse en una fe religiosa solo tiene sentido si esa persona creía en dicha fe y ahora quiere dejar constancia de que lo que antes creía lo cree ahora con más certeza o con pareja certeza. La confirmación vendría a ser entonces, si entiendo bien, una celebración de las creencias religiosas de una persona, una manera de afirmar tales creencias, de confirmarlas, de aferrarse a ellas o de expresar que no le caben dudas al respecto.

Sin embargo, si esa persona no ha creído nunca en tales o cuales creencias religiosas, mal podría confirmarse en ellas. No puede uno confirmarse en una fe que no poseía. En tal caso, estaría iniciándose en esa fe, no confirmándose en ella.

Lo que está claro (y confirmado) es que mi hija va a confirmarse en la fe católica y por consiguiente en los mandatos morales de esa confesión religiosa.

Según fuentes relativamente confiables (la madre de mi hija), la decisión de confirmarse ha sido tomada libre y voluntariamente por mi hija, sin ninguna presión, coerción o manipulación ejercida por la familia o las amigas.
Como consecuencia de esa decisión (que puede que sea libre o que sea bajo presión, esto es materia de investigación), mi hija ha pasado un fin de semana lejos de casa, fuera de la ciudad, confinada en un retiro espiritual, bajo la celosa custodia de las señoras de una secta o cofradía llamada “Avanzada Católica”.

Desconocía que existiera dicha secta. No desconocía, desde luego, que existieran los retiros. De niño y adolescente me despacharon a no pocos retiros. Tengo un recuerdo avinagrado de ellos. Solo se hablaba de sexo y se prohibía el sexo y por consiguiente uno solo pensaba en sexo. Eran retiros para disuadir las apetencias sexuales o para posponerlas indefinidamente, pero en la práctica solo servían para estimularlas. Tan mala fue mi experiencia en dichos retiros, como mala fue mi experiencia con los señores vestidos de sotana que decían ser ministros de Dios y como tales se sentían urgidos a auscultar y hurgar en mi entrepierna en cumplimiento de sus tareas ministeriales, que, llegado el momento, decidí no confirmarme, un acto de rebeldía que provocó estupor en mis padres.

En mi caso, no confirmarme fue sin duda una confirmación. Confirmé mis dudas sobre la iglesia católica, confirmé que me sentía a gusto dudando de lo indudable, confirmé que mi lugar estaba en el de los marginales y los impíos y que no podía creer todas esas inflamadas ficciones religiosas que nos contaban los curas que luego venían a palpar mi zona urogenital (no menos inflamada que sus ficciones).

Como era de suponer, no recibí con alegría la noticia de que mi hija había partido a un retiro espiritual de “Avanzada Católica”, organizado con el propósito de entrenarla para su confirmación. ¿En qué dirección avanzaba o quería avanzar esa brigada de beatas asustadas de sus clítoris? ¿Llevaban armas filudas, además de sus lenguas? ¿Estaban dispuestas a morir pregonando la superioridad moral de la virginidad? Avanzaban, por lo visto, en dirección a mi hija, avanzaban dispuestas a conquistar a mi hija, a someterla, a subyugarla, a enlistarla en las filas de las damas de cuevas vitriólicas, ajadas, resecas, nunca horadadas, del batallón o regimiento purificador llamado “Avanzada Católica”. Avanzaban, pues, a secuestrar moralmente a mi hija.

Expresé mis reservas y temores, dije que me parecía una simulación que mi hija se confirmase en unas creencias en las que no creía, pero no hallé eco en la madre de mi hija, que me dijo que no todas las personas eran “traumadas” como yo. Comprendí de inmediato que la madre de mi hija, y su madre, y mi madre, querían (quieren) que mi hija se confirme no tanto por razones religiosas cuanto por razones frívolas o sociales: porque quieren que mi hija confirme que se parecerá a ellas y nunca, en ningún caso, a mí. Es solo lógico que tal cosa suceda. Sería insólito que las tres damas desearan, conjuradas, que mi hija se pareciera a mí y no a ellas. Pero yo, desde luego, quiero que mi hija se parezca a ella y a nadie más que a ella, y por eso me daba miedo todo esto de la confirmación, porque intuía que tal vez ella no estaba segura de confirmarse.

Cuando volvió del retiro, me dijo que la pasó regular, que no quería hablar del asunto.

A riesgo de ser majadero, le dije que la iglesia católica obliga a sus feligreses a no tener relaciones sexuales de ninguna índole hasta contraer matrimonio (religioso, claro está) y que una vez contraído dicho casamiento (previo pago por los servicios prestados), la ortodoxia católica prohíbe expresamente que el esposo recubra su colgajo viril con un preservativo o que la esposa tome píldoras anticonceptivas, del mismo modo que condena la masturbación antes, durante y después del matrimonio, como proscribe las relaciones sexuales entre adultos del mismo género. Añadí que su confirmación en la fe católica llevaba implícita la afirmación de que creía en esas reglas (quizá no antes, pero sí en el momento de confirmarse y hacer alarde de ello) y estaba dispuesta a cumplirlas, o al menos a intentar cumplirlas.

Mi hija me dijo que no creía en nada de eso, que esas reglas le parecían una tontería.

Le dije que si no creía en esas cosas, tal vez no debía confirmarse públicamente en ellas como si las creyera, puesto que en ese caso la confirmación sería una ceremonia frívola, histriónica, carente de verdadero sentido.

Mi hija me dijo que las cosas eran más simples de lo que parecían: si no se confirmaba, su madre y sus abuelas le harían la guerra; si se confirmaba, no habría guerra.

Le dije que me parecía perfectamente razonable simular una fe religiosa para salvar la vida o evitar una guerra y que su lucidez hubiera salvado millones de vidas en la historia de la humanidad.

Le dije también que estaba orgulloso de ella, pues había confirmado mis sospechas: su “confirmación” lo era no en la fe religiosa sino en su legítimo deseo de pasarla bien, de divertirse con sus amigas, de no defraudar a su madre y sus abuelas, de ser, en suma, una chica querida y popular.

Le pregunté si quería que la acompañase el día de su confirmación, ya sabiendo que era no una confirmación religiosa sino una en su astucia y su cinismo para el arte de la simulación, es decir una confirmación de que es mi hija y además una actriz natural.

Me dijo que, ya que se trataba de pasarla bien y usar a la iglesia como un lindo decorado para jugar a ser virtuosas con sus amigas, era mejor que me abstuviera de acompañarla, pues mi presencia en una iglesia le parecía peligrosa, inconveniente, “una mala foto”, esas fueron sus palabras.

No me pareció inútil decirle que mis creencias religiosas no tienen por qué ser siempre las suyas y que la fe es un asunto que concierne a la intimidad y que si ella decidiera abrazar tal o cual confesión religiosa, y abrazarla al punto de practicarla con fanatismo, y si esa confesión estuviera en entredicho con mis creencias o mi falta de creencias, yo seguiría amándola, porque ninguna religión, ficción o superstición (valga la redundancia) será nunca más importante que mi amor por ella y su hermana. Me pareció importante decirle que si ella se confirmaba en la fe católica porque de veras creía en esa fe, no tenía que mentirme, pues yo estaría de su lado, aun discrepando. Le dije por eso que, teniendo la alergia que tengo por la iglesia católica y por las iglesias en general (pero por la católica en particular), no dudaría en acompañarla en su confirmación si ella me lo pidiera, como no dudaría en llevarla al altar si decidiera algún día casarse ante la iglesia católica (Dios no lo quiera). Le dije, en resumen: mi iglesia eres tú y mi diosa eres tú y haré por tanto lo que tú me pidas.

Creo que le gustó que le dijera eso, porque se sintió más en confianza para rogarme que de ninguna manera me asome al templo el día de su confirmación.
De modo que la confirmación de mi hija ha venido a confirmar unas cuantas cosas: primero, que los retiros siguen siendo odiosos como lo eran ya en mi tiempo; segundo, que ella no cree en lo que dice que cree y no puede por tanto “confirmar” que cree en lo que antes no creía; tercero, que mi hija es lo bastante despierta como para hacer lo que más le conviene, y si lo que más le conviene es fingir o exagerar en público sobre ciertas creencias religiosas, no tiene el menor reparo en entregarse gozosamente a dicha simulación; cuarto, que es una actriz consumada; y quinto, que mi hija y yo hemos confirmado estos últimos días que nos queremos sin necesidad de que ningún cura, pastor o predicador nos lo confirme en una ceremonia religiosa.
La confirmación de mi hija ha servido, entonces, para confirmar cuánto nos queremos ella y yo, y cuán dotados estamos para el histrionismo puro.

PD. Atentos saludos a “Avanzada Católica”. Que sepan que estamos en guerra y que no desmayaré hasta neutralizar y repeler sus avances ni descansaré hasta que mis libros se lean en sus retiros.

 

 

 

 

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